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    El intestino, el segundo cerebro

    ¿Y si parte del alma estuviera entre las tripas?

    Mantener una buna salud intestinal puede evitar la osteoporosis, la debilitación del sistema inmunitario, el autismo y multitud de enfermedades mentales

    Hace tiempo, aunque no mucho, que la ciencia ha comprendido que ser humano no es una unidad, sino un ecosistema del que forman parte nuestras células, tejidos, órganos y unas compañeras de viaje, las bacterias, que habitan de 100 a 200 millones en nuestro sistema intestinal, frecuentemente ayudándonos a realizar multitud de salutíferas tareas, como la rotura de los alimentos, la absorción de nutrientes, las contracciones musculares, la expulsión de deshechos mediante procesos químicos y otro largo etcétera, y de vez en cuando avocándonos a problemas y enfermedades.
    El doctor Michel Gershon, adscrito al Columbia University Medical Centre, de Estados Unidos, fue el primero que, a finales de los noventa, empezó a hablar del intestino como un segundo cerebro en esos nueve metros que van desde el esófago al ano. En su libro The Second Brain, calculó que ese segundo cerebro podría tener unos 100 millones de neuronas, cifra que algunos autores se atreven a duplicar, pero que, en cualquier caso, sería un número mayor del que existe en la médula espinal y en el sistema nervioso periférico. Es evidente que intestino y cerebro están muy separados en los adultos, pero su comunicación es constante a través del nervio vago o neumogástrico, que es el décimo para craneal de los doce existentes.
    femme douleur abdomenEl primer cerebro se encargaría de procesos mentales como la religión, la filosofía, la poesía o la música, mientras que el segundo se responsabilizaría de emociones como la de “tener mariposas en el estómago”, que en realidad es una señal fisiológica que se activa ante un estado de nerviosismo o estrés y que es percibida por el sistema nervioso que tenemos en el intestino. Todo ello forma parte de un cada vez más vasto conocimiento que ha dado lugar a un ámbito del conocimiento científico conocido como neurogastroenterología.
    Nuestro segundo cerebro tiene pues multitud de tareas encomendadas, entre las que, como ya se ha dicho, las más aparentes son la correcta absorción de nutrientes, y el mantenimiento en las mejores condiciones posibles del sistema inmunitario, que es la barrera esencial para prevenir todo tipo de enfermedades. Pero, además, las neuronas de ese cerebro no craneal son capaces de producir hasta el 90% de la serotonina, un neurotransmisor entre cuyas funciones destacan la regulación del apetito, el equilibro del deseo sexual, el control de la temperatura corporal, la actividad motora, y las funciones perceptivas y cognitivas. Además, interacciona con otros neurotrasmisores como la dopamina y la noradrenalina, relacionados con la angustia, la ansiedad, el miedo, la agresividad y los problemas alimenticios. También es necesaria para la elaboración de la melatonina, que se encarga de la regulación del sueño. Por último, la serotonina actúa como reloj interno del organismo que determina las fases de sueño y vigilia, coordina la temperatura corporal, la hormona del estrés y los ciclos de sueño.
    La serotonia es el neurotransmisor de la felicidad, del buen humor y del confort espiritual. Conseguir dar la vuelta a la tortilla del desaliento y evitar multitud de enfermedades y dolencias pasará, pues, por cuidar y mimar nuestro intestino y a los habitantes que aloja. El método es bastante sencillo, pero eso, como diría Kipling, ya es otra historia que se contará en la próxima entrega.

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