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    Elena Garea, responsable de Nutrición y Salud de Calidad Pascual

    Existen pocos alimentos en nuestra dieta que ocupen tanto tiempo de debates, documentos, tratados o estudios científicos como la leche. Se habla sobre ella a todos los niveles y en cualquier foro, por supuesto en el ámbito de la nutrición, pero también puede ser protagonista en la esfera económica, en el plano sanitario o incluso el social, por citar algunos de ellos. Lo que es ineludible es que como mamíferos vivimos emocionalmente vinculados a la leche desde que nacemos, llegando a asociarla a momentos de confort y recogimiento, vida de hogar y recuerdo a infancia y protección.

    Suele suceder que a las cuestiones importantes se les dedica un mayor tiempo de debate y como es esperable en temas tan significativos para la salud, nos encontramos con defensores incondicionales acerca de la leche y, como no, también con sus detractores. Es frecuente por ello vernos, como consumidores, involucrados en conversaciones que persiguen denostar a la leche, en contraposición a todos estos sentimientos positivos que todos y cada uno de nosotros hemos experimentado en mayor o menor medida alguna vez desde que nacemos.

    En este sentido, la afirmación que más perplejidad podría generar es la ya famosa frase “somos los únicos mamíferos que consumimos leche después del destete” que además se inserta en las conversaciones con una rotundidad casi sin derecho a réplica. La realidad es que hay muchas cosas que hacemos como especie humana y que el resto de los animales no realizan. Nuestra capacidad racional nos permite domesticar animales y cultivar plantas, desarrollando de esta forma la agricultura y la ganadería para alimentarnos. También somos los únicos que hemos viajado a la Luna. Y también tenemos la capacidad de relacionarnos a través de emociones más intensas que el resto de los animales, reímos y lloramos y también cocinamos y ampliamos nuestra gastronomía. Somos distintos, y en esa diferencia se encuentran un gran conjunto de actividades que nos hacen ser peculiares dentro del entorno animal.

    Hemos aprendido a crear e innovar en todos los ámbitos de nuestra vida, otros ejemplos de ello en el entorno de la alimentación son el uso de la uva para la elaboración de vino o el trigo para fabricar pan, e incluso hemos sido capaces de crear diferentes tipos de lácteos como los desnatados. Estos últimos están relacionados con otro gran mito muy extendido: “La leche desnatada sabe a agua”, llegando incluso los más arriesgados a pensar que es leche entera mezclada con agua. Cierto es que el sabor es diferente, pero sucede porque al extraerle gran parte de su contenido graso el sabor es más suave, al igual que la textura, que pasa a ser más ligera. La leche es un producto natural para el que se permiten muy pocas modificaciones, es un alimento muy regulado, puesto que ocupa un lugar muy importante en la alimentación. Para obtener leche desnatada, lo único que está permitido es extraer su contenido en materia grasa.

    Sin embargo, sí hay cuestiones que pueden afectar al sabor de la leche, como la calidad de la materia prima, su conservación y transporte hasta la planta de envasado o el tratamiento térmico que se le aplica, entre otras muchas cosas. Y estos son aspectos tan relevantes para obtener alimentos de alta calidad que deberían ser el foco de atención más importante cada vez que se hablara de leche. El discurso no debería ser cuestionarnos beber leche, si no si la leche que tomamos ha sido envasada con el objetivo de cumplir las máximas exigencias en calidad nutricional. Al final, no lo olvidemos, nos alimentamos para nutrirnos.

    Quizá no todos sepamos que más del 75% de los españoles tomamos menos calcio del recomendado y que la leche y los productos lácteos siguen siendo, por su facilidad de consumo y biodisponibilidad, las mejores fuentes dietéticas de este nutriente. Aunque es el más conocido, no todo es cuestión de calcio, sino que también la leche supone una fuente de proteínas de alta calidad, y aporta cantidades importantes de vitamina D, además, de otro muchos nutrientes esenciales para nuestro organismo.

    Es también inquietante que no invirtamos tiempo en poner en valor que el mercado lácteo es uno de los más desarrollados en innovación, que estudia de manera permanente las necesidades nutricionales de la Sociedad, adapta y desarrolla alimentos tan diversos que será muy difícil no encontrar una leche adecuada a nuestras necesidades.

    Leche entera, para los clásicos; semidesnatada, para toda la familia o desnatada, para los que les gusta cuidarse; leche enriquecida en calcio también en sus tres variedades, para ayudarte a conseguir esas necesidades nutricionales; leche sin lactosa para aquellos que la necesitan más digestiva; yogures con frutas o de sabores, sólidos o líquidos, para adultos, para niños o para ambos…

    Independientemente de su variedad, sus propiedades, su forma de consumo, o su elaboración, tanto si es un derivado lácteo como si hablamos de la materia prima… tomemos leche.

    Un alimento tan versátil que tiene la capacidad, por sí solo, de convertirse en acompañante de conversaciones tomando un café.

    Un café… mejor con leche para “nutrir” este debate.

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