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  • Intolerancia a la lactosa

     

     

    Las reacciones alimentarias a la lactosa y el gluten afectan a un importante número de población, aunque cada vez es más sencillo convivir con ellas

    Cada día es más fácil encontrar productos sin lactosa o sin gluten en las tiendas de alimentación y en los supermercados, sin necesidad de acudir a un establecimiento dietético o especializado. La proliferación de este tipo de productos y la esta estrategia de márketing que hay detrás de ellos responden a una base real: las alergias e intolerancias alimentarias son cada vez más comunes. Las más habituales son al gluten (celiaquía), la lactosa, las proteínas de la leche (caseína, lacto albúminas y lacto globulinas), el huevo, los frutos secos, la soja, el marisco, la fructosa y el sorbitol.

    En el caso de la intolerancia a la lactosa, un reciente estudio realizado por la Sociedad Española de Patología Digestiva (SEPD) y la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) ha determinado que entre un 30 y un 50% de la población española padece esta afección. Sobre la intolerancia a las proteínas del gluten que se encuentran en el trigo, la cebada, el centeno y derivados híbridos, como el triticale, las cifras son de 450.000 diagnosticados, pero se cree que son muchos más los que la padecen. En concreto, según la SEPD, se estima que la prevalencia es de 1 cada 250 personas.

    Más información

    Ante la gran incidencia en la población de afecciones provocadas por ciertos alimentos la demanda de información es cada vez mayor y más exigente para convivir con ellas sin perjudicar a nuestra salud ni empobrecer nuestra alimentación. No es nada conveniente que ante determinados síntomas o sensaciones la persona se autodiagnostique y limite por su cuenta el consumo de leche o de cereales, pues son fundamentales para el metabolismo. “Dejar de consumir lácteos –alertan desde la SEPD– puede derivar en falta de masa ósea”.

    Muchas veces los síntomas de las intolerancias y alergias se confunden con otro tipo de afecciones. Para estar seguros es imprescindible acudir al médico que realizará las pruebas y estudios pertinentes y marcará la pauta alimentaria a seguir.

     

    ¿Alergia o intolerancia?

    En cualquier caso, uno de los errores más comunes es confundir alergia con intolerancia, cuando son dos procesos totalmente distintos. Cristina Lobato, farmacéutica y colaboradora habitual de Salud Total, explica que “la alergia es un tipo de reacción que afecta al sistema inmunológico. El alimento actúa como un alérgeno provocando síntomas desde moqueo, estornudos, urticarias, picores, cefaleas, dolor abdominal, cólicos, diarrea, hinchazón incluso shock anafiláctico. Suelen ser reacciones rápidas, pero a veces pueden tardar días. En muchos casos, este tipo de reacciones se heredan y se identifican, casi siempre, en los primeros años de vida.”

    Muchos creen ser alérgicos a un determinado alimento pero, en realidad, estas reacciones inmunológicas no son tan comunes, aparecen en el 1,4-3,6% de la población adulta y en el 5-8% en la infantil. Se suelen superar en la mayoría de los casos antes de los tres años en según qué tipo de alergias, como la del huevo y la leche de vaca; sin embargo, otras, como la alergia al marisco o a los frutos secos, pueden durar toda la vida. Este tipo de reacciones no solo pueden aparecer por ingesta sino también por contacto o inhalación.

    Síntomas

    Respecto a las intolerancias, la farmacéutica informa que “es un tipo de hipersensibilidad no alérgica que puede estar relacionada con mecanismos metabólicos, tóxicos, enzimáticos o incluso psicológicos. El cuerpo no consigue digerir alguno de los componentes del alimento. La frecuencia de este tipo de reacciones es 5-10 veces mayor que las de tipo alérgico.

    Las más importantes por su elevada frecuencia son la intolerancia al gluten y a la lactosa, pero hay muchas más. Son procesos difíciles de detectar sin una analítica, pues la relación causa/efecto es difícil de establecer; a veces se convive con ellas atribuyéndolas simplemente a una mala digestión o se confunden con otras patologías.”

    Las reacciones alérgicas suelen estar relacionadas con la presencia de anticuerpos IgE. En cambio, las intolerancias suelen caracterizarse por una aparición más tardía de los síntomas y suelen relacionarse con la presencia de anticuerpos IgG. Los síntomas en ocasiones aparecen varios días después de haber consumido los alimentos reactivos, haciendo difícil identificar la causa.

    Un gen evolucionado

    Pero ¿cuál es el mecanismo por el que el cuerpo es intolerante a la lactosa? La intolerancia a este azúcar, presente en las leches de todos los mamíferos, significa que nuestro intestino delgado no produce suficiente lactasa (enzima) para absorber correctamente la lactosa que ingerimos. Ésta, digerida parcialmente o no digerida, pasa al intestino grueso y es allí donde es descompuesta por las bacterias del intestino grueso, generando sustancias de desecho, como hidrógeno (H2), anhídrido carbónico (CO2), metano (CH4) y ácidos grasos de cadena corta que provocan los síntomas mencionados: dolor en la zona del vientre, hinchazón abdominal, diarrea, etc. Esta afección es también conocida como intolerancia a productos lácteos, deficiencia de disacaridasa y deficiencia de lactasa.

    Hay diferentes hipótesis y aún no hay una explicación clara de por qué es tan frecuente, aunque cada vez tiene más peso la teoría de la sobreexposición. Sin embargo, el componente genético y la capacidad del medio para influir en nuestro ADN son factores a tener muy en cuenta.

    De aquí, otra de las hipótesis que intenta explicar esta reacción tan masiva, la que considera que los pueblos que han sido tradicionalmente ganaderos y que, generación tras generación, se han alimentado de la leche de los animales después de la materna, presentan menos casos que los pueblos no acostumbrados a su consumo. Para sustentar esta teoría se manejan los siguientes datos: la mayoría de la población mundial adulta tiene déficit de lactasa, excepto la población del norte y centro de Europa donde los habitantes de esas regiones, hace 7.500 años, comenzaron a hacerse ganaderos y consumir leche de cabras y vacas para alimentarse. Tantos siglos dieron origen a una mutación genética que les permitió metabolizar los azúcares de la leche. Algo similar sucedió con las tribus nómadas de África y Oriente Medio.

    De hecho el mundo se divide entre los que toman leche únicamente durante la infancia (65-70% del total) y quienes la consumen durante toda la vida. En España y países del sur del continente, la intolerancia a la lactosa está entre el 30 y el 50% mientras que en Suecia, donde sus antiguos pueblos se iniciaron en la ganadería y el consumo de leche animal siglos antes, la incidencia es solo del 2%.

     

    Niveles de sensibilidad

    La hipersensibilidad a la lactosa, que es como se debería llamar, puede variar ampliamente, por este motivo denominarla intoleracia no es correcto pues da a entender que no se tolera ninguna cantidad de ese alimento, cuando son muchas las personas con hipersensibilidad que pueden consumir cierta cantidad sin problemas. Algunas notan sus efectos de forma inmediata tras consumir pequeñas dosis, mientras otras tienen un umbral de sensibilidad más alto y por tanto cuesta más reconocer la relación causa-efecto. Estas diferencias, tal como explican en ADILAC (Asociación de Intolerantes a la Lactosa) hacen que haya personas que permanecen asintomáticas toda su vida pues su umbral de tolerancia de lactosa al día es más alto. Por eso hay personas que toleran perfectamente los quesos (que contienen si son curados muy poca lactosa) o los yogures (donde gracias a sus bacterias parte de la lactosa se ha convertido en ácido láctico) y, en cambio, presentan síntomas claros al ingerir un vaso de leche. Cada uno debe conocer cuál es su nivel de tolerancia, aunque conviene sabe que ésta puede cambiar con el tiempo y con el estado general de salud.

     

    Fuentes de calcio alternativas

    La falta de leche en la dieta puede ocasionar carencias de calcio, vitamina D (necesaria para la absorción del calcio), riboflavina y proteínas. Por tanto, resulta esencial consumir productos ricos en estas sustancias para cubrir esta necesidad.

    Calcio: Sardinas, salmón, tofu, gambas, col, espinacas, bróquil, berros, alubias y garbanzos, almendras, sésamo e higos secos.

    Vitamina D: Aunque la crea el propio organismo cuando se expone al sol, una rica fuente es el hígado de bacalao.

    Aliados de tu bienestar

    Los productos bajos o sin lactosa son la gran solución para quienes no quieres renunciar al sabor y propiedades nutritivas de la leche de vaca. Desde hace unos años puedes encontrar en el mercado marcas cuya lactosa se ha eliminado o hidrolizado previamente de forma parcial (denominadas bajas en lactosa) o total (las conocidas sin lactosa). Una oferta que se ha complementado con la introducción de derivados lácteos, también sin lactosa, como mantequilla, quesos de diferentes variedades –gouda, emmental, etc.– , presentaciones – rallados, para fundir–, además de yogures, flanes, batidos, nata, etc.

    Si comes fueras de casa, los suplementos de lactasa son una excelente opción para consumir productos lácteos de forma ocasional. Se recomiendan para uso esporádico. Estas pastillas aportan a nuestro organismo la lactasa que necesitamos para digerir la lactosa de una comida en concreto, así que deberás de tomarla cada vez que hagas una comida porque su efecto es momentáneo. Su principal inconveniente radica en encontrar tu dosis adecuada, ya que ésta siempre dependerá de la relación entre el grado de tolerancia y la cantidad de lactosa ingerida.